Todo ocurrió después de la media noche, mientras yo dormía, agotado por el cansancio después de haber asistido a una fiesta de cumple año en la casa de un amiguito.
Precisamente a las 12:43 de la mañana, la temible Guardia Nacional cayó por sorpresa, rodeando la casona en la finca cafetalera donde mi padre se encontraba, ignorante al amargo futuro que le aguardaba debido a sus conexiones con el movimiento revolucionario de El Salvador.
Una hora mas tarde, me desperté alarmado al escuchar el llanto amargo de mi hermano mayor. En cuestión de minutos me informé de la terrible noticia: cuarenta hombres desalmados se habían llevado preso a mi padre, luego de acusarle de actividades subversivas.
Veintinueve días mas tarde, después de una verdadera batalla legal con las autoridades estatales, mi padre salió exiliado a la pequeña nación caribeña, Belice. Los moretones y las cicatrices de las torturas que recibió en manos de estos individuos le quedaban de recuerdo de lo que le ocurriría si jamás volvía a poner pie en su tierra natal.
Nosotros le seguimos tres meses mas tarde, en mayo del '79.
A pesar de tener apenas once años, abandonar mi hogar no fue nada fácil. No fue hasta en el momento de la partida que descubrí cuan grande era mi apego a mis perros "Titán", el "mocho Piolín" y la cascarrabias "Pantera". Al tener en mis brazos por ultima vez a mi fiel compañero de cama, el gato "Murrungón", no pude contener las lágrimas.
La mañana del 4 de mayo, antes del amanecer, el vehículo que nos llevaría a la frontera de Guatemala emprendió la marcha.
La calle “polvosa” que durante muchos años fue mi cancha de fútbol, me dio la despedida al elevarse nubes blancas de polvo. Y detrás de estas nubes se divisaba borrosamente la vieja casona blanca rodeada de veraneras. Esa casa que lealmente me tomó en su seno y vio por mi bienestar por mas de una década, se convirtió en un punto blanco que en un momento inesperado se perdió en el horizonte.
El ladrar de los perros me saco de ese trance. Los vecinos salían a vernos con curiosidad. En un pueblo tan pequeño como Lourdes, hasta el mas insignificante acontecimiento se vuelve espectacular.
Yo fingí no darme cuenta de todo este alboroto, ya que sentía ganas de llorar, y las miradas llenas de compasión de algunos vecinos comenzaban a abatirme. Cerré los ojos, inútilmente tratando de buscar una memoria agradable en la espesura de mi mente.
Tres días mas tarde llegamos a nuestro destino: un rústico rancho en las afueras de Belmopan, pequeña capital de Belice, con una población de 1,500 personas.
En este lugar comenzarían nuevas aventuras, unas amargas y otras emocionantes, donde lo mas difícil seria un año de adaptación a esta nueva cultura afro-británica. Poco tiempo después, se desataría un largo y amargo conflicto con mi padre que años mas tarde culminaría en un violento encuentro físico, marcando el comienzo de la desintegración de nuestro familia.